miércoles 15 de octubre de 2008

Vuelve a casa

Había una vez una viuda, que vivía con su hijo en un miserable desván. Años atrás, la mujer se había casado en contra de la voluntad de sus padres y se marchó a vivir con su esposo en un lejano país.

Su esposo fue un hombre infiel e irresponsable y después de varios años, murió son haber hecho provisión alguna para ella y su hijo. Con gran dificultad, logró hacer frente a las necesidades básicas de la vida.

Los momentos más felices en la vida del niño, fueron cuando la madre lo tomaba en sus brazos y le contaba sobre la casa de su abuelo en el antiguo país. Ella le hablaba sobre el césped verde, los elevados árboles, las flores silvestres, las hermosas pinturas y las deliciosas cenas.

El chico nunca había visto la casa de su abuelo, pero para él, era el lugar más hermoso en todo el mundo. Anhelaba la llegada del momento, en que iría a vivir allí.

Cierto día, el cartero tocó a la puerta del desván. La madre reconoció la escritura en el sobre y con dedos temblorosos lo abrió. En su interior había un cheque y una hoja de papel en la que podía leerse solo tres palabras: “Vuelve a casa”.

Igual que este padre y el hijo pródigo, nuestro Padre celestial extiende sus brazos y nos recibe otra vez, en aquel lugar de descanso y restauración espiritual, al final de un día agotador.

Dios no nos pide que nos preparemos a recibir el castigo por los fracasos del día. Él tan solo nos da la bienvenida a sus sanadora presencia, como hijos redimidos por la sangre de su propio Hijo. Es allí, donde Él nos asegura que comprende nuestros dolores, fracasos y nos concede el milagro de milagros: continúa amándonos.

El Padre, te extiende un llamado para que regreses a casa. ¿Por qué no concluyes tu día, en la comodidad y provisión de su presencia?

Lucas 15:24
Porque este mi hijo muerto era y ha revivido; se había perdido y es hallado.

La buena vida

Un popular chiste en Internet dice algo así:

Una secretaria, un asesor legal y un socio de una gran empresa jurídica se dirigen a almorzar cuando encuentran una antigua lámpara de aceite.

La frotan y aparece un genio en una nube de humo.

Este dijo:

-Por lo general concedo sólo tres deseos, de modo que daré uno a cada uno de ustedes.

-¡A mí primero! -dijo la secretaria-. Quiero estar en Bahamas, conduciendo una lancha de motor, olvidada del mundo. Enseguida la mujer desapareció.

-¡Sigo yo! -exclamó el asesor legal-. Quiero estar en Hawai, relajándome en la playa con mi masajista personal, un suministro inagotable de piñas coladas y el amor de mi vida. Y también se esfumó.

-¡Tú eres el próximo! -indicó el genio al socio.

Este último dijo:

-Quiero a estos dos en la oficina, en cuanto termine el almuerzo.

Por generaciones se nos ha dicho que podemos "obtenerlo todo", pero hay mucho por hacer. No contamos con el tiempo suficiente y menos, con una lámpara mágica que lo haga por nosotros. Sin embargo, no querríamos todo eso, si pensáramos que no nos iba a producir bienestar.

No obstante, dicen los que saben que existe un sendero más simple para una vida feliz. Estos tres puntos de vista se mencionan como las llaves de la felicidad:

1. No te preocupes -Él te ama (Juan 13:1)
2. No desfallezcas -Él te sostiene (Salmo 139:10)
3. No temas -Él te guarda (Salmo 121:5)

Es factible tenerlo todo "todo"... si permitimos que Dios sea nuestro "todo".

¿A quién tengo yo en los cielos, sino a ti?
Y fuera de ti, nada deseo en la tierra.
Mi carne y mi corazón pueden desfallecer,
pero mi Dios es la fortaleza de mi corazón
y mi porción para siempre.
Salmo 73:25,26

Con amor de perrito

Aarón y Abbey, llevaban casi un año de feliz matrimonio, cuando él le hizo un “obsequio” a Abbey que ella nunca deseó: un enorme perrito Chow, con patas del tamaño de pelotas de béisbol.

“Aarón, querido”, dijo Abbey con firmeza “los perros y yo somos enemigos naturales. ¡Sencillamente no sabemos llevarnos bien!”

“¡Pero Abs!”, dijo Aarón, llamándola con el nombre de su mascota con el fin de ablandarle el corazón, “Verás que pronto te acostumbrarás a él”.

Para ambos, era obvio que el perrito era un regalo para Aarón.

“Perri”, nombre que por fin decidieron ponerle al animal, vino a ocupar un lugar incómodo en el hogar. Habiendo decidido que el animal debía comprender su lugar como enemigo personal , Abbey emprendió una campaña silenciosa en contra del cachorro.

Perri captó de inmediato su resistencia y por un tiempo reciprocó robando toallas, despedazando zapatos y muebles y llevándose cualquier artículo pequeño que Abbey estuviera usando, una vez que esta le daba la espalda. El perrito hizo caso omiso a sus intentos por corregirlo y así transcurrió el primer año de Perri, como miembro de la familia.

Cierto día, Abbey notó un cambio en la actitud de Perri. Para su sorpresa, el cachorro comenzó a darle alegre bienvenida cada vez que llegaba a casa, rozando su mano con el hocico y lamiendo sus dedos en un amistoso “hola”. Cada vez que ella lo alimentaba, él se echaba un instante y la miraba con adoración antes de comenzar a comer. Para colmo, el perrito comenzó a acompañarla en sus caminatas matutinas, permaneciendo muy cerca para protegerla de otros perros, mientras ella transitaba por las desiertas calles.

Poco a poco, Abbey fue humillada por el amor de Perri, hasta lograr una tregua. Hoy día, dice que la persistencia de Perri le ha enseñado mucho sobre cómo amar a los enemigos. Ella dice que Perri está ganando la pelea, pero no se lo digan a Aarón.

¿Conoces a alguién, quizás un miembro de tu propia familia, que necesita algún tipo de expresión de tu amor, en vez de tu resistencia?

Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos. Mateo 5:44

martes 15 de julio de 2008

DANGER! DANGER! Mensajes alagadores...


Esto es un verdadero DANGER, una alerta que nos deja una de las autoras cristianas más grandes de estos ultimos tiempos, Elena de White. Es impresionante este capitulo extraido del libro "Primeros Escritos". Cualquier parecido con la realidad, ES PURA COINCIDENCIA.

"Después de esto vi que Satanás consultaba con sus ángeles para considerar cuánto habían ganado. Era cierto que por medio del temor a la muerte habían logrado que algunas almas tímidas no abrazaran la verdad; pero muchos, que aunque tímidos la abrazaron, vieron al punto desvanecidos sus temores. Al presenciar la muerte de sus hermanos y contemplar su firmeza y paciencia, comprendieron que Dios y los ángeles les ayudaban a soportar tantos sufrimientos. Así se volvían valerosos y resueltos; y cuando a su vez les tocaba dar la vida, mantenían su fe con tal paciencia y firmeza que hacían temblar aun a sus propios verdugos. Satanás y sus ángeles decidieron que había otro medio aún más eficaz para que las almas se perdieran, y que daría mejores resultados. Aunque a los cristianos se les infligían sufrimientos, su firmeza y la brillante esperanza que los animaba fortalecían al débil y le habilitaban para arrostrar impávido el tormento y la hoguera. Imitaban el noble proceder de Cristo ante sus verdugos, y por su constancia y la gloria de Dios que los circuía, convencían a muchos otros de la verdad.
Por lo tanto Satanás resolvió valerse de un procedimiento más suave. Ya había corrompido las doctrinas de la Biblia, e iban arraigándose profundamente las tradiciones que habían de perder a millones de personas. Refrenando su odio, resolvió no excitar a sus vasallos a tan acerba persecución, sino inducir a la iglesia a que disputara sobre varias tradiciones, en vez de la fe entregada una vez a los santos. En cuanto logró Satanás que la iglesia aceptase favores y honores del mundo su pretexto de recibir beneficios, principió a perder ella el favor de Dios. Se fue debilitando en poder al rehuir declarar las auténticas verdades que eliminaban a los amadores del placer y a los amigos del mundo.
La iglesia no es ahora el apartado y peculiar pueblo que era cuando los fuegos de la persecución estaban encendidos contra ella. ¡Cuán empañado está el oro! ¡Cuán transmutado el oro fino! Vi que si la iglesia hubiese conservado siempre su carácter peculiar y santo, todavía permanecería en ella el poder del Espíritu Santo que recibieron los discípulos. Sanarían los enfermos, los demonios serían reprobados y echados, y la iglesia seria potente, y un terror para sus enemigos.
Vi una numerosa compañía que profesaba el nombre de Cristo, pero Dios no la reconocía como suya. No se complacía en ella. Satanás asumía carácter religioso y estaba dispuesto a que la gente se creyese cristiana; y hasta estaba también ansioso de que creyeran en Jesús, en su crucifixión y resurrección. Satanás y sus ángeles creen todo esto ellos mismos y tiemblan. Pero si la fe del cristiano no le mueve a buenas obras ni induce a quienes la profesan a imitar la abnegación de Cristo, Satanás no se conturba, porque como entonces los cristianos lo son sólo de nombre y sus corazones continúan siendo carnales, él puede emplearlos en su servicio mucho mejor que si no profesaran ser cristianos. Ocultando su deformidad bajo el nombre de cristianos, pasan por la vida con sus profanos temperamentos y sus indómitas pasiones. Esto da motivo a que los incrédulos achaquen a Cristo las imperfecciones de los llamados cristianos, y desacrediten a los de pura e inmaculada religión.
Los ministros ajustan sus sermones al gusto de los cristianos mundanos. No se atreven a predicar a Jesús ni las penetrantes verdades de la Biblia, porque si lo hiciesen, estos cristianos mundanos no quedarían en las iglesias. Sin embargo, como la mayor parte de ellos son gente rica, los ministros procuran retenerlos, aunque no sean más merecedores de estar en la iglesia que Satanás y sus ángeles. Esto es precisamente lo que Satanás quería. Hace aparecer la religión de Jesús como popular y honrosa a los ojos de los mundanos. Dice a la gente que quienes profesan la religión recibirán más honores del mundo. Estas enseñanzas difieren notablemente de las de Cristo. La doctrina de él y el mundo no pueden convivir en paz. Quienes siguen a Cristo han de renunciar al mundo. Las enseñanzas halagadoras provienen de Satanás y sus ángeles. Ellos trazaron el plan, y los cristianos nominales lo llevaron a cabo. Enseñaron fábulas agradables que las gentes creyeron fácilmente, y se agregaron a la iglesia pecadores hipócritas y descarados. Si la verdad hubiese sido predicada en su pureza, pronto habría eliminado a esa clase. Pero no hubo diferencia entre los que profesaban servir a Cristo y los mundanos. Vi que si la falsa cubierta hubiese sido arrancada de sobre los miembros de las iglesias, habría revelado tanta iniquidad, vileza y corrupción que el más tibio hijo de Dios no habría vacilado en llamar a esos profesos cristianos por su verdadero nombre: hijos de su padre, el diablo, cuyas obras hacían.
Jesús y toda la hueste celestial miró con desagrado la escena; sin embargo Dios tenía para la iglesia un mensaje que era sagrado e importante. Si se lo recibía, produciría una reforma cabal en la iglesia, haciendo revivir el testimonio vivo que eliminaría a los hipócritas y pecadores, y devolvería a la iglesia el favor de Dios." Primeros Escritos, p. 227-229

miércoles 2 de julio de 2008

El Juicio


La tensión se estaba haciendo insoportable.
Había intentado ganar tiempo, pero debía terminar de una vez.
El problema no era averiguar quién tenía razón. Eso ya lo sabía.
Se trataba de tomar una decisión prudente.
Que el condenado a muerte era inocente, estaba claro. No obstante, tal como se presentaban las cosas, absolverlo resultaba peligroso.
Se jugaba su reputación, y quizá su puesto.
Por otra parte, ceder a la presión de aquella gentuza le repugnaba.
Sabía que mentían. Adivinaba sus intenciones y le incomodaba verse acorralado por ellos.
Sin embargo, había agotado sus recursos.
O se pronunciaba en favor del acusado o lo abandonaba definitivamente a merced de la chusma. No podía seguir postergando su decisión.
Tenía que tomar posición ante Jesús. Y esto podía perderlo.

Exasperado por la insistencia de los acusadores y por su propia impotencia para resolver un caso que le había parecido de poca monta, Pilato ya no sabe qué preguntar a aquel hombre extraño, cuyo lenguaje no llega a entender.
Por si se trata de un desequilibrado, intenta halagarlo en sus manías:

— ¿Así que tú eres el rey de los judíos...?

Pero el reo contesta:

¿Dices eso por iniciativa propia, o porque te están presionando?

Ese hombre está muy cuerdo. Pilato se irrita por su falta de perspicacia. Humillado por haberse dejado atrapar en una querella de fanáticos, estalla:

—Tu gente, los sacerdotes que te han entregado a mí, dicen que te las das de rey. ¿No oyes lo que testifican contra ti?

El alto clero local había pronunciado una sentencia de muerte sin tener poder suficiente para ejecutarla. Necesitaba obtener de la autoridad competente su legalización, y por eso había obligado a entrar en escena al procurador romano.
Sin embargo, a pesar de su alto cargo, éste será apenas un actor secundario, obligado a hacer de juez en aquel simulacro de juicio.
Los denunciantes eran miembros del Sanedrín, es decir, los representantes oficiales de la religión de más notorio arraigo en el país. Por razones que el procurador no tardará en descubrir, aquellos religiosos estaban incitando a las masas a pedir la crucifixión de un hombre cuyo delito había sido abrir los ojos del pueblo a la falsedad de sus directores espirituales y predicar una vivencia de la fe más fraterna y auténtica. Lo condenaban a muerte porque él había condenado su vida. Muchos de los presentes podrían citar de memoria sus revolucionarias palabras:

—Amad a vuestros enemigos. Haced el bien a los que os odian. Bendecid a los que os maldicen. Orad por los que os maltratan y os persiguen...

—Entonces, ¿tú pretendes ser rey o no?

Jesús lo mira a los ojos y dice:

—Es cierto que quiero reinar, pero de otra manera. Si mi reino fuese como los demás, hubiera tenido soldados para defenderme. Mi cometido es el de llevar adelante la causa de la verdad en el mundo. Por eso el que está a favor de la verdad me escucha.

¿La verdad? ¿Cómo podía defender la verdad un hombre en aquella situación? Pilato no pudo evitar una mirada a las manos de Jesús, tumefactas, aprisionadas por gruesos cordeles a la altura de las muñecas. ¿Por qué no procurar más bien defenderse de sus acusadores para salvar el pellejo? ¿Qué le importaba a nadie la verdad? Y entonces lanza al aire su famosa pregunta:

— ¿Qué es la verdad?

Pregunta importante que cada ser humano se plantea alguna vez en su vida con mayor seriedad que Pilato.
Porque, aparentemente, «en esa pregunta que arroja con soberbia indiferencia, sin esperar respuesta, manifiesta toda la presuntuosa ligereza del hombre de mundo, al mismo tiempo que sabiduría de corto alcance del hombre de estado, que no cree más que en el reinado de la fuerza y de la astucia».
Su reacción es la del escéptico que presume de no creer en nada, de que no existe ninguna verdad o de que es imposible conocerla.
Del que sólo profesa la fe que debe fingir por su cargo: la fe en el culto al Imperio y al emperador.
Mirando condescendientemente al enigmático reo desde su superioridad de alto funcionario y de europeo liberal, le propone un trato.
Una pequeña mentira útil para acabar con el litigio:

—Dime que la acusación que te hacen es falsa y te soltaré. ¿Es cierto que te consideras rey?

El contraste entre el representante del Imperio Romano y el del Reino de la Verdad es manifiesto:

Por un lado el procurador encarna la autoridad que abusa de su poder.
El interés y, si hace falta, la violencia decidirán el caso.
La razón de la fuerza por encima de la fuerza de la razón.
Por otro lado, Jesús encarna el destino de los mártires, víctimas de su autenticidad, desde Abel hasta hoy. ¿Que otro destino puede esperar un acusado indefenso frente a un poder absoluto y a unas masas manipuladas que exigen su muerte, cuando sólo tiene de su parte a la verdad?
¿Qué es la verdad? Pilato se desentiende del tema.
En su interrogatorio sólo ha pretendido averiguar la peligrosidad del reo.
Al constatar que éste no aspira al poder, ya no se preocupa por lo que pueda decir. Jesús también se calla. Si Pilato hubiese sido un pescador, una mujer pública o un cobrador de impuestos, Jesús hubiese llevado su análisis un poco más lejos, como lo había hecho la noche anterior, y le hubiese dicho:

—“Yo soy la verdad, el camino y la vida.”

Pero el procurador no hubiese entendido el significado de semejantes palabras. Se consideraba demasiado culto para creer que podía aprender algo de un prisionero.
Además, como político le interesaba más la opinión pública que la de un solo individuo. Y así cometió el error de su vida: no prestar oído al pensador más profundo e influyente que jamás tendría el Imperio.
Extraña paradoja del destino, el nombre de Poncio Pilato sólo será recordado en la posteridad precisamente por haber infravalorado aquella mañana de primavera de principios de los años treinta al misterioso detenido que, sin figurar siquiera en los anales oficiales, llegaría a ser el centro de la historia.
Aunque el gobernador era, sin duda, un profesional competente capaz de ser justo, en su parodia de juicio no llegó a dilucidar la veracidad de su interrogado, simplemente por no prestar atención a sus respuestas.
Si en un momento dado optó por defenderlo frente a sus acusadores, fue menos por respeto hacia él que por odio contra ellos.
El miedo a cometer un error táctico y a que sus enemigos lo denuncien al César lo harán ceder ante la presión.
Sus propias estratagemas, aplazamientos, vacilaciones y medidas intermedias lo arrastrarán de concesión en concesión, por la pendiente sin retorno de la injusticia.
Ahora no le quedan más que dos alternativas: o ceder vergonzosamente después de tanta resistencia, o asumir el riesgo de enfrentarse a la clase dominante del país.
En cualquier caso quiere deshacerse de su reo como sea. Si es posible obteniendo su absolución. Aunque tenga que recurrir al tormento físico.

Y así envía a Jesús para que lo flagelen.

Al hacerlo pone en marcha el turbio engranaje de la violencia que lo arrastrará inexorablemente hasta un cruel desenlace.
Porque los sacerdotes no se contentarán con tan poco. Esa solución no bastará para alejar a Jesús de su horizonte.
Aún después de desfigurado, su serena presencia seguirá interpelándolo, como exigiéndole que vaya hasta el final de su honradez o de su cobardía. Y eso es lo que hará liberando a Barrabás, el criminal y castigando al inocente que estorba.

—He aquí el hombre.

También se le escapa el alcance de esta proclamación. No se da cuenta de que acaba de enunciar la verdad en cuya existencia no cree. Está invitando a todo el mundo a ver en Jesús al representante de la humanidad sufriente y humillada.
El hombre. Abandonado por quienes dicen estar de su parte, traicionado por los suyos, flagelado por los poderosos y manipulado por los que pretenden ser los representantes de Dios, Jesús es ciertamente el Hombre de dolor anunciado por los profetas, venido para asumir la condición humana hasta lo sumo e intentar salvar a la humanidad de su deshumanización.
Pero allí, a los ojos de todos, no hay más que un condenado a muerte ante el que unos se ensañan y los demás se inhiben.

—Si liberas a este hombre no eres amigo del César.

Por fin alguien ha encontrado el punto vulnerable de este funcionario acorralado. Su destino como magistrado romano dependía del favor del César.
Una acusación de infidelidad política, hábilmente presentada por abogados expertos, podía llevarlo a la perdición.
Aturdido por la presión de los acusadores y por la confusión de sus propios sentimientos no sabe qué hacer, y se pregunta en voz alta, fingiendo burdamente esa complicidad de los demagogos de pocas luces que se creen políticos finos:

— ¿Qué hago finalmente de Jesús, el supuesto Mesías?

¿Qué va a hacer Pilato? Lo que han hecho en su caso los Pilatos de todos los tiempos: lo más inmediatamente útil.
Actuar por consideraciones coyunturales e intentar conservar el puesto.
Para eso tendrá que sacrificar la justicia, a cuya defensa lo obligan sus funciones, y ceder a la voluntad de quienes más detesta, y si bien no consentirá en pronunciar una condena legal, se verá obligado a contradecirse públicamente ejecutando a alguien a quien ha declarado inocente.
Vivir es elegir. Pero lamentablemente, nuestras elecciones no resultan siempre de nuestras convicciones sino de nuestras circunstancias, de nuestra valentía o de nuestra debilidad.
A menudo ni siquiera tenemos clara conciencia de los verdaderos motivos por los que finalmente actuamos o dejamos de hacerlo.
Si Pilato hubiese actuado con integridad y cumplido con su deber, habría absuelto a Jesús.
Pero, al prostituir su autoridad, se incluyó en la infame lista de los verdugos de la historia, oportunistas del poder, rapaces o irresponsables a quienes los profetas bíblicos califican e monstruos.
Aquellas bestias terribles descritas en las visiones de Daniel del Apocalipsis que representan a todo poder abusivo, a todos los gobernantes y sanedrines que, al oponerse a la justicia, son considerados por Dios como enemigos, sobre todo cuando tienen la osadía de pretender actuar en su nombre.
La última pregunta del procurador revela ya el fondo de su abdicación:

— ¿Debo, pues, crucificar a vuestro rey?

La jerarquía sacerdotal ya ha logrado su objetivo y zanja el asunto con una adulación abyecta:

—No tenemos más rey que César.

La historia se encargaría de convertir esa mentira táctica en dolorosa verdad.
(El historiador Josefo cuenta con todo detalle las circunstancias que lanzaron a Israel a la guerra contra los romanos en los años 66 a 70 (Guerra 2: 284 a 7: 20). (La ciudad de Jerusalén y el Templo fueron tomados por el Gral. Tito y arrasados en los años 70-71. De todos los edificios de la ciudad no quedaron en pie más que tres torres y una parte del muro occidental.
En el año 135 el emperador Adriano estableció allí una colonia romana. Para borrar todo vestigio del judaísmo, cambió el nombre de la ciudad por el de Aelia Capitolina, y dedicó el emplazamiento del Templo al dios Júpiter (Eusebio, Historia eclesiástica IV, 6:1-4).
(Los Judíos fueron desterrados, bajo pena de muerte, e Israel dejó de existir como entidad política en tierras de Palestina hasta 1948.)

— ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!

Ante el clamor de la turba, Pilato se rinde. Ha intentado deshacerse de Jesús afirmando su inocencia, remitiéndolo al juicio de Herodes, negociando su libertad a cambio de Barrabás, flagelándolo para saciar la sed de sangre de sus acusadores y para suscitar su lástima.
Pero todo ha fracasado.
Lo único que el gobernador no hará es arriesgarse a causa de ese predicador inquietante, a ser calumniado ante sus jefes. Sucumbiendo a la tiranía del "qué dirán" Pilato terminará el asunto con el gesto teatral de lavarse las manos
Pero el agua no absuelve a nadie de ningún crimen, y las manos de Pilato seguirán tan manchadas como antes.
El silencio del reo pesará sobre él como una condena más atroz que la muerte. Y, aun cuando lo intente, no podrá borrar de su memoria la mirada increíblemente serena de aquel moribundo diciéndole quién es el vencedor y quiénes son los vencidos en aquel proceso.
La inscripción que hace poner sobre la cruz suena casi a confesión reparadora: «Jesús Nazareno, rey de los judíos»... Con ella firma la página más paradójica de la historia: Un hombre, inculpado falsamente por los sumos pontífices de su religión, es ejecutado por defender la verdad después de ser declarado inocente por el máximo representante del derecho romano. El mayor apóstol de los derechos humanos es enviado a la tortura.
¿Qué hubiera sido de Pilato si se hubiese mantenido fiel a sus convicciones y hubiese tomado una decisión valiente? Probablemente no le hubiera ocurrido nada de lo que temía. El tiempo habría demostrado que las acusaciones levantadas contra Jesús y contra él eran falsas. Quizá, como máximo castigo, Tiberio lo hubiera depuesto. Pero Pilato habría llevado consigo el consuelo de una conciencia en paz.
Resistir a la verdad acarrea, a veces, consecuencias trágicas.
Pilato descubrirá muy pronto la inutilidad de sus concesiones. Poco después será acusado de todos modos por los mismos que lo empujaron contra Jesús, depuesto por el prefecto de Siria y finalmente exiliado a las Galias por el emperador Calígula.
(Datos históricos dicen que Pilato fue desterrado por Calígula a Vienne, ciudad gala junto al Ródano, entre la actual ciudad francesa de Valence y la ciudad suiza de Ginebra, y que allí se suicidó.)
Pilato dio la espalda a la verdad para no complicarse la vida.
Pero nadie sale ganando cuando sacrifica sus valores éticos.
Según la tradición, la sombra de una cruz perseguirá su memoria, y hasta su muerte lo torturará la incurable obsesión de lavar de sus manos unas indelebles manchas de sangre.
La esposa del procurador fue más fiel a sí misma que su marido. Su información personal y un extraño sueño que la había atormentado la noche anterior al proceso, la habían llevado a la convicción de que Jesús era inocente. En vano le advertiría, temerosa:

—No tengas nada que ver con la muerte de este justo.

Una antigua leyendas dice que en su sueño, Prócula había oído como de siglo en siglo, en todas las lenguas se repetía que Jesús «padeció bajo Poncio Pilato».
Por despreciar la verdad, la memoria de su gesto se perpetúa a través de los tiempos en una de las plegarias más repetidas de la humanidad: el Credo. De este modo paradójico, el nombre de Pilato atestigua que con Jesús, Dios ha entrado efectivamente en el tiempo y en el espacio, irrumpiendo en la vida de seres humanos tan de carne y hueso como nosotros. Y que su verdad nos interpela a cada uno como un día interpeló a aquel comandante de plaza.
Desgraciadamente, la verdad espiritual, capaz de transformar su vida, fue tratada por él como por tantos otros antes y después: despreciada, ridiculizada, acallada, negociada, eliminada y sepultada.
No haría falta esperar mucho tiempo, sin embargo, para descubrir el desenlace de aquel desigual conflicto. Ni para revelar el alcance inimaginable de aquella muerte sobre tantas vidas.
Nadie podía saber que Dios estaba llevando a cabo sus designios por encima de la corrupción del derecho, la impostura del clero y los errores de Pilato.
La cruz revelaba que, a pesar de las apariencias no estamos solos en este mundo injusto.
Que Dios, para atraernos hacia la vida, era capaz de compartir nuestra precaria existencia hasta el punto de afrontar la muerte.
Sin dejar de respetar la libertad humana, su plan de salvación empezaba a triunfar aun cuando aparentemente fuese pisoteado por sus destinatarios. Porque de un modo misterioso, que únicamente la gracia divina puede entender, el amor de Aquel que derramaba su sangre podía con todo el odio del mundo.
Sólo por el hecho de suscitar la sed de justicia, Jesús sobre la cruz estaba ya empezando a ganar los corazones, incluso de sus verdugos, haciéndoles desear la posibilidad de una reparación de sus faltas y de una vida mejor.
El tiempo demostraría hasta qué punto tenía razón cuando dijo que había venido para hacer reinar la verdad.
Por eso, la pregunta de Pilato «¿Qué es la verdad?» se puede calificar de escéptica, de sofistica a, pero no de inoportuna.
No es una pregunta original, como tampoco lo era el procurador. Desde hacía muchos siglos, sabios y santos no habían cesado de planteársela. Tampoco es una pregunta definitiva, ya que hombres y mujeres inquietos de todas las épocas — científicos, pensadores, religiosos, artistas, poetas — se la han seguido planteando desde entonces hasta ahora. Pero es vital.
Es la eterna pregunta del ser humano que quiere certezas, que necesita un punto de referencia para construir su escala de valores y una luz que lo guíe en las tinieblas.
En este mundo tan complejo en que vivimos, donde cada uno pregona su verdad, donde es tan fácil equivocarse y ser engañados ¿cómo encontrar ese faro seguro, esa plataforma firme en a que apoyarse y sobre la cual poder construir, confiadamente, un proyecto de vida?
Para hallar la verdad —esa «realidad que no se puede negar racionalmente»— es preciso desearla y buscarla, sinceramente.
La verdad como toda gema preciosa, tiene varias facetas.
No es que sea necesariamente complicada o difícil. No obstante, para abarcarla necesitamos contemplarla en su totalidad.
Una parte de la verdad no es la verdad.
Y una verdad a medias es una simple mentira.
Las medias verdades son a menudo odiosas. Pero se hacen particularmente detestables en el ámbito espiritual, es decir, en la dimensión de la experiencia humana que atañe a lo más profundo del ser.
Todos conocemos el viejo cuento oriental de los ciegos y el elefante, que subraya la tendencia común a confundir la verdad con lo que no es más que un aspecto de ella.
Para el buscador sincero, la buena fe no basta; debe acompañarse de una buena información.
Porque verdad no es sinónimo de sinceridad: la sinceridad es subjetiva — por lo tanto muy difícil de juzgar, la verdad es totalmente objetiva —por tanto, susceptible de ser juzgada— y siempre será preferible la sinceridad en la verdad, que la sinceridad en el error.
Confundir verdad y opinión no sería grave si nos mostráramos dispuestos a reconocer que nuestra postura puede no ser la mejor.
El problema está en que, de la defensa de la opinión a la obstinación no ha y más que un paso.
Se ha dicho que nada es más querido que nuestras propias opiniones, y nada hay más difícil de abandonar.
El sabio Salomón ya decía que «más se puede esperar del necio que del obstinado», y que «sólo es sensato el que escucha consejos».
El derecho que cada uno tiene, desde el punto de vista de la inalienable libertad de conciencia, de creer lo que quiera o de no creer nada, es indiscutible.
Todos tenemos derecho a la comprensión y a la tolerancia.
A buscar la verdad y a desentendernos de ella.
Allá cada cual con su conciencia y su sentido de la responsabilidad.
Pero eso no quiere decir que todas las actitudes sean igualmente sensatas. Sobre un determinado punto puede haber muchos pareceres.
Verdad trascendente, aunque no seamos capaces de abarcarla plenamente, hay solo una.
Por eso, cuando nuestra opinión no tiene más regla ni criterio que nosotros mismos, nos parecemos lamentablemente a aquellos pobres ciegos de la fábula, empeñados en confundir un elefante con un árbol o con una cuerda.
Ser auténticamente sincero es buscar la verdad en sus fuentes por todos los medios a nuestro alcance.
Esa es la única sinceridad capaz de llevarnos de la convicción a la certeza.
Cuando procuramos defender nuestra posición más que la verdad hacemos como Pilato.
Deja de haber sinceridad en nuestra actitud y nuestra obstinación se convierte en un camuflaje para nuestras excusas
Es fácil encontrar pretextos.
Hasta los textos sagrados pueden ser manipulados y utilizados para defender criterios personales o de grupo, con resultados que van desde las más pintorescas herejías hasta las más sangrientas guerras santas. Cualquiera que se lo proponga, será capaz de tergiversar tanto los párrafos difíciles como los claros y sencillos. (Es frecuente, incluso, que los que más se oponen a las Escrituras Sagradas tengan un conocimiento superficial de sus enseñanzas, como sí ante el temor de descubrir algo que no desean, el rechazo les diese un cierto sentimiento de seguridad.)
Por eso, paradójicamente, aun siendo la religión el encuentro del hombre con la Verdad suprema (es decir Dios y su Revelación), existen en esa esfera tantas «verdades» enfrentadas y tantos credos diferentes.
Y es que la obstinación y la insinceridad ciegan.
El error esclaviza. Los errores personales o históricos -que nosotros llamamos «nuestras verdades»—, convertidos en prejuicios, tradiciones o dogmas, encadenan a los seres humanos a posiciones que coartan su libertad y, lo que es peor, también la ajena.
Porque es mucho más difícil ser amigo de la verdad hasta el martirio, que hacerse su apóstol hasta la intolerancia.
Sin embargo, la verdad es liberadora por naturaleza.
Jesús dijo: «Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres». De ahí que la fidelidad a la verdad sólo sea comparable a la fidelidad de la brújula al polo. Fijar la aguja, para sí o para otros, es peligroso.
Por fidelidad a su cometido, la aguja debe ser siempre libre.
Esto puede parecer muy simple. Pero el hecho de que algunas verdades sean muy elementales, no les quita ni un poco de su valor.
Si Dios no existiera, la verdad (nos referimos siempre al ámbito religioso y moral) sería relativa.
Pero si existe, él es nuestra referencia última.
Nuestros esfuerzos, al margen de Dios, conducen necesariamente a verdades humanas, todas relativas.
Por eso necesitamos prestar oído, además de a la naturaleza y a la conciencia, a la revelación que Jesús vino a difundir, esa «luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo».
La Luz que permite descubrir y afrontar la realidad de un modo más realista.
A diferencia de la verdad eterna de la razón buscada por los filósofos, esta verdad no es un conocimiento teórico sino existencial; compromete al ser entero.
Es una vivencia práctica, experimental que nos libera de nuestros temores y permite nuestra realización plena.
Además de convencernos nos transforma. Por eso no basta conocerla: hay que vivirla.
Todos los que la siguen, en la medida que su vida se pone en armonía con ella, pasan de la búsqueda por poseer la verdad, al deseo imperioso de que la Verdad los posea.
Desde aquel encuentro bajo las columnas, el proceso de Jesús continúa, así como su testimonio en favor de la verdad.
Y aunque muchos no llegan a tomar conciencia de ello, todos nos preguntamos alguna vez en la vida, como Pilato: « ¿Qué haré de Jesús, llamado el Cristo?»
Cada vez que lo condenamos sin haberlo escuchado, o no vamos hasta el fondo de nuestras convicciones porque tenemos miedo, o porque nos resulta más cómodo ser prácticos que consecuentes; cada vez que, a pesar de nuestras buenas intenciones, no nos atrevemos a pronunciarnos por la verdad cuando comporta algún riesgo, y tendemos a aplazar nuestra decisión, o a buscar escapatorias; cada vez que acallamos la conciencia, diciéndonos que para evitar conflictos hay que saber esperar y hacer concesiones; cada vez que llamamos prudencia a la debilidad y paciencia a la cobardía, estamos obrando como Pilato.
Hoy, como entonces, quienes no desean comprometerse siguen prefiriendo el respaldo del poder y de la mayoría.
Por ser arriesgada, la verdad que se fundamenta en las fuentes siempre es minoritaria y, por lo tanto, sólo se atreven con ella los valientes.
Como es independiente del número de sus adeptos, como no se decide por votación, ni se deja imponer por algún decreto-ley, ni se adopta por aclamación popular, no suelen tenerla las masas ni sus dirigentes.
La sigue teniendo Cristo.
Y al igual que él, sus seguidores son tratados muchas veces como locos, a veces como héroes e incluso como mártires y siempre como disidentes.

sábado 21 de junio de 2008

El factor Jeremías

Mi nombre es Jeremías y les quiero contar un poco acerca de mi historia... Nací en un pueblito pobre llamado Anatot, cerca de Jerusalén y mi vida transcurría como la de cualquier joven. Era un adolescente más en este basto mundo. Lucía espinillas nuevas cada semana, como la gran mayoría de mis amigos, mi voz me jugaba malas pasadas en los momentos más importantes (sobretodo cuando intenté charlar con la hija del pastor, la Princesa Fiona). Además, como la mayoría de mis amigos, tenía un pasatiempo favorito, ¡Mirar TV. todo el día echado en el sillón de mi casa!



También iba a la escuela, lancé más de alguna piedra sobre los techos de mi población, toqué algún timbre y salí corriendo. También jugaba fútbol, aunque como era el mas gordito del grupo, siempre era el último en ser elegido en el equipo y para remate, me dejaban relegado como portero...

Para nada era el mas famoso de mi escuela, nunca gané nada importante, excepto una vez que gané el premio "flan", que se da a los “nerds” mas reconocidos de mi colegio.

Todo estaba normal, hasta que un día algo pasó, algo tan grande que me sacudió por completo.

Aún recuerdo esa noche, terminaba mi tarea y me vino un sueño, después no tenía claro si estaba dormido o no. De pronto oí una voz fuerte que decía mi nombre - "¡Jeremías!". ¡Que onda! Dije yo, parece que la aspirina de mi Mamá venía con algo raro. - "¡Jeremías!", seguía la voz. ¡Vaya! ¿No se me estarán fundiendo los fusibles? ¡Parece que tengo problemas en el entretecho!

"¡Jeremías! Soy yo, Dios!, Escúchame. Antes de nacer, antes de que estuvieras en la barriga de tu mamá, ya te conocía. Yo tenía un plan para ti mucho antes de que tus padres pensaran en ser novios, amado Jeremías, deseo que seas el portador de mi palabra, mi profeta".

¿Profeta, Dios, Apartado?... haber, haber Señor... parece que te equivocaste de departamento. Yo vivo en el 301, el Pastor vive en el cuarto piso, en el 404. ¡Además mírame Señor! ¿Te parezco un profeta? Estoy en plena etapa de desarrollo, ni siquiera he terminado el colegio. Mírame Señor, tengo tantas espinillas que parezco un pedazo de turrón.

¡Mira estos frenillos! Ninguna chica quiere besarme por temor a electrocutarse. Además no tengo la edad suficiente para hablar en público, de hecho no hablo bien frente de la gente, incluso hasta el hablar en lenguas me sale enredado. Encima de todo, en mi iglesia no toman en serio a los jóvenes, ninguno de ellos está en la carpeta de predicadores para los cultos sábaticos.

Una vez al año, la iglesia organiza un evento juvenil y ni pensar que algún joven tendría oportunidad de predicar (aunque el pastor dice que estos eventos son para bendecir a los jóvenes, en la práctica no veo mucho protagonismo de ellos), pues solo invitan expositores del extranjero. No se Señor, soy un puber, un “teen” y no me expreso con eluoquiencia... perdón, eluquenci... bueno, eso mismo!!!!

Además siempre escucho a esos predicadores famosos que aparecen por T.V y hablan así: "¡Esta noche Dios va a impactar tu vida con un Rhema... repite conmigo Rhema!". ¿Me entiendes Señor? Es más, cuando hablo delante de público, más que un "ungido de Jehová", parezco un "urgido de Jehová", porque me aterra. Para qué decirte que en mi casa no me dan bola ni para dar las gracias por los alimentos.

Entonces Dios me dijo: - "No digas eso de que soy muy joven. Tú irás y dirás las cosas que yo te mando. Yo soy el jefe y no me equivoqué en llamarte. Ya se que eres un muchacho, que no tienes la edad suficiente para hablar de temas importantes en público y también se de tus espinillas. Tú no te imaginas cuantos otros en el pasado me han dado argumentos parecidos al tuyo".

"¡Y cierra la boca para que no te entren moscas! Que esto no es tan impresionante como lo que te diré a continuación... Mi pueblo está mal Jeremías, se han olvidado de mí, se han descarriado y muchos de esos líderes y de esos profetas - predicadores, que son adulados por el pueblo no son mas que una montonera de mentirosos, que dicen: ´Esto dice el Señor´. Cuando Yo nunca les he hablado nada".

"A los reyes, lo único que les interesa es el poder, los sacerdotes buscan solo la comodidad y los buenos diezmos ¡para qué hablar de los profetas! que predican bonito para que se les pague con suculentos dólares".

"Ellos dicen: ´El señor nos va ha bendecir, viene el avivamiento, es el mejor tiempo que ha pasado Israel, Dios nos dará muchas riquezas´... Pero desconocen que ya viene en camino un ejército del norte dispuesto a borrar de la faz de la tierra a Jerusalén y Judá. Para eso te he llamado, pues no quiero realmente la destrucción de mi pueblo, sino que se arrepientan y dejen de confiar en la seguridad que les pueda dar otros reyes y otras fuentes de poder que no sea yo".

Pero Dios, ¿tú sabes lo que me estas pidiendo? - dije yo - ¡Me estás pidiendo que predique lo que nadie quiere escuchar! Desde ahora en adelante ni soñar con que me inviten a predicar a los mega eventos en la capital o que llene algún estadio. Dios, me estas pidiendo que sacrifique las posibilidades de levantar un ministerio y que sea conocido.

En tanto Dios me dijo: "Jeremías, mi niño, yo se y entiendo tus dudas y tus temores, quiero ser honesto contigo y tengo que decirte la verdad. Cada vez que prediques, nadie te va a escuchar, es más, van a ir contra ti, pero no te vencerán, porque cada vez que te critiquen, te escupan, te expulsen de algún lugar, yo estaré contigo y serás como una muralla de bronce, indestructible".

Bueno, Ya han pasado cuarenta años desde aquellos días y así es como comenzó mi llamado. Ha sido muy duro. Pocos son los que me escuchan, los líderes creen que soy un loco, terrorista, talibán, endemoniado. He llorado mucho, ahora de tanto llorar, las lágrimas ya me salen en polvo. He aprendido que para Dios el éxito de un ministerio no está en los números, ni en las estadísticas ni en lo conocido que seas, sino en cuan fiel a su mensaje puedes ser en momentos cuando tienes que transar entre lo que quiere escuchar la gente y lo que Dios dice.

Ya ven, soy el único predicador que la gente pagaría una buena ofrenda para hacerme callar. Incluso una vez le dije a Dios ¡Renuncio! , ya no puedo mas, no predicaré nunca mas tu palabra, maldigo el día en que me elegiste, ahora seré un creyente mas, prefiero calentar bancas y sobarle el lomo a los poderosos que hablar en nombre tuyo. Mírame, todos a mi edad ya tienen una familia, auto, profesión y yo no tengo casa, ni perro que me ladre, no tengo trono ni reina, ni nadie quién me comprenda.

Pero en tanto dije eso, sentía el brazo compasivo de Dios y que por razones que aún no comprendo bien, él me tomó en cuenta para tan peculiar hazaña. Incluso nunca podría negarme a su palabra, pues es como un fuego que quema mis huesos. Los días de mi juventud han pasado, ya estoy en el atardecer de mis horas. Lo que me preocupa es saber si Dios encontrará en el futuro jóvenes dispuestos a dejarlo todo por él. Lo que me preocupa es saber que si Dios te llamara hoy para dejarlo todo y ser fiel a su mensaje ¿pagarías el precio, estarías dispuesto?

Será difícil y duro, pero él nunca dejará huérfano o huérfana a quién está dispuesto a obedecerle.

“Señor, dame la fuerza para hacer lo que no puedo hacer
Dame la sabiduría para saber lo que debo hacer
Y dame la valentía para hacer lo que nadie quiere hacer”

Por Ulises Oyarzún

lunes 26 de mayo de 2008

¿Memorizar o razonar?


Sir Ernest Rutherford, presidente de la Sociedad Real Británica y Premio Nobel de Química en 1908, contaba la siguiente anécdota:

Hace algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de poner un cero a un estudiante por la respuesta que había dado en un problema de física, pese a que este afirmaba rotundamente que su respuesta era absolutamente acertada. Profesores y estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo.

Leí la pregunta del examen y decía:
Demuestre como es posible determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro.
El estudiante había respondido: llevo el barómetro a la azotea del edificio y le ato una cuerda muy larga. Lo descuelgo hasta la base del edificio, marco y mido. La longitud de la cuerda es igual a la longitud del edificio.
Realmente, el estudiante había planteado un serio problema con la resolución del ejercicio, porque había respondido a la pregunta correcta y completamente.Por otro lado, si se le concedía la máxima puntuación, podría alterar el promedio de su año de estudio, obtener una nota mas alta y así certificar su alto nivel en física; pero la respuesta no confirmaba que el estudiante tuviera ese nivel.Sugerí que se le diera al alumno otra oportunidad.
Le concedí seis minutos para que me respondiera la misma pregunta pero esta vez con la advertencia de que en la respuesta debía demostrar sus conocimientos de física. Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito nada. Le pregunte si deseaba marcharse, pero me contesto que tenia muchas respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de todas. Me excuse por interrumpirle y le rogué que continuara.
En el minuto que le quedaba escribió la siguiente respuesta: tomo el barómetro y lo lanzo al suelo desde la azotea del edificio, calculo el tiempo de caída con un cronometro. Después se aplica la formula altura = 0,5 por A por t^2. Y así obtenemos la altura del edificio.
En este punto le pregunte a mi colega si el estudiante se podía retirar. Le dio la nota mas alta.Tras abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara sus otras respuestas a la pregunta. Bueno, respondió, hay muchas maneras, por ejemplo, tomas el barómetro en un día soleado y mides la altura del barómetro y la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del Edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura del edificio.
Perfecto, le dije, ¿y de otra manera?. Si, contestó, éste es un procedimiento muy básico para medir un edificio, pero también sirve.
En este método, tomas el barómetro y te sitúas en las escaleras del edificio en la planta baja. Según subes las escaleras, vas marcando la altura del barómetro y cuentas el numero de marcas hasta la azotea. Multiplicas al final la altura del barómetro por el numero de marcas que has hecho y ya tienes la altura.Este es un método muy directo. Por supuesto, si lo que quiere es un procedimiento mas sofisticado, puede atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si fuera un péndulo, si calculamos que cuando el barómetro está a la altura de la azotea la gravedad es cero y si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla fórmula trigonométrica, podríamos calcular, sin duda, la altura del edificio.
En este mismo estilo de sistema, atas el barómetro a una cuerda y lo descuelgas desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedes calcular la altura midiendo su período de precesión.
En fin, concluyó, existen otras muchas maneras. Probablemente, la mejor sea tomar el barómetro y golpear con el la puerta de la casa del portero. Cuando abra, decirle: "Señor portero, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo".

En este momento de la conversación, le pregunte si no conocía la respuesta convencional al problema (la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares) evidentemente, dijo que la conocía, pero que durante sus estudios, sus profesores habían intentado enseñarle a pensar.
El estudiante se llamaba Niels Bohr, físico danés, premio Nobel de física en 1922, mas conocido por ser el primero en proponer el modelo de átomo con protones y neutrones y los electrones que lo rodeaban. Fue fundamentalmente un innovador de la teoría cuántica.Al margen del personaje, lo divertido y curioso de la anécdota, lo esencial de esta historia es que LE HABÍAN ENSEÑADO A PENSAR. Por cierto, para los escépticos, esta historia es absolutamente verídica Aprendamos a pensar, hay mil soluciones para un mismo problema, pero lo realmente interesante, lo auténticamente genial es elegir la solución más practica y rápida, de forma que podamos acabar con el problema de raíz...y dedicarnos a solucionar OTROS problemas.